CULTURA CÍVICA · 21 jun 2026
El experto que no se puede copiar
Internet, redes y ahora la IA llenaron el mundo de "expertos" instantáneos. Pero el saber que de verdad importa nunca se escribió, y por eso no se puede raspar.
21 jun 2026

El pescador que no puede explicarte cómo sabe
Sube a una panga antes del amanecer con un pescador que lleva cuarenta años saliendo al mar y pregúntale cómo sabe que hoy va a cambiar el tiempo, o por qué insiste en virar al sur cuando el resto va al norte. Vas a recibir una respuesta torpe, llena de pausas, casi mística. "Se siente", te va a decir, y se va a quedar corto. No porque no sepa. Al contrario: sabe tanto que no le cabe en palabras. Aprendió leyendo el color del cielo, la textura de la corriente, el comportamiento de las aves, el peso del aire antes de una tormenta, todo eso a fuerza de años, de errores que le costaron caro y de noches en que el mar estuvo cerca de quedarse con él. Ese conocimiento lo mantiene vivo, y es justo el que no te puede dictar.
Guarda esa escena, porque explica algo que casi nadie conecta con la conversación más ruidosa de nuestro tiempo: la de los expertos instantáneos.
El mundo se llenó de capitanes que nunca salieron al mar

Nunca fue tan fácil parecer experto. Primero el internet puso el conocimiento del mundo a un clic. Luego las redes premiaron al que lo explicara con más seguridad y mejor edición. Y ahora la inteligencia artificial cierra el círculo: le pides a una máquina que sintetice cualquier tema y, en segundos, tienes párrafos pulidos, citas, estructura, tono de autoridad. Con eso, cualquiera arma un hilo, graba un video y se presenta como voz autorizada en medicina, finanzas, urbanismo o geopolítica, sin haber pisado nunca el terreno del que habla.
La promesa suena bien, y en parte es real: se democratizó el acceso. Pero los datos cuentan una historia más incómoda. Una encuesta de Pew de 2025 encontró que apenas el 17 por ciento del público estadounidense cree que la IA tendrá un efecto positivo en las próximas dos décadas, frente al 56 por ciento de los propios expertos en IA. Y una medición de YouGov de diciembre de 2025 mostró que solo el 18 por ciento confiaría en que un sistema de IA tome una decisión o ejecute una acción, mientras el 53 por ciento no lo haría, con la confianza cayendo año contra año. Entre desarrolladores, que son quienes más usan estas herramientas, el 84 por ciento las ocupa pero el 46 por ciento desconfía de lo que producen. Usamos masivamente algo en lo que, al mismo tiempo, no terminamos de creer.
La palabra lo dijo desde el principio
Aquí conviene detenerse en una pista que el idioma escondió a plena vista. "Experto" viene del latín expertus, participio de experiri, que significa probar, poner a prueba, atravesar. Es la misma familia de "experiencia" (lo que uno ha atravesado), de "experimento" (una prueba deliberada) y, esto es lo revelador, de "peligro": periculum, en latín, es justo una prueba que puede salir mal. Todas comparten una raíz indoeuropea, per, que quiere decir intentar, arriesgar, pasar a través. En su origen, entonces, un experto no es el que acumuló datos ni el que sabe explicar bonito. Es, literalmente, el que se sometió a la prueba y salió del otro lado. El que pasó por el peligro.
Visto así, el pescador no es una metáfora de la experticia: es su definición exacta. Y el que raspa información para sonar seguro queda, por la misma lógica del idioma, fuera de la palabra. Le falta lo único que la palabra exige: haber pasado por el riesgo.
Por qué lo más importante nunca se escribió

Hay una razón profunda por la que no puedes saltarte ese paso, y la formuló el filósofo y químico Michael Polanyi en 1966, en un libro llamado La dimensión tácita. Su tesis cabe en una frase: "sabemos más de lo que podemos decir." Polanyi llamó tácito a ese conocimiento que usamos sin poder enunciarlo. Reconoces la cara de un amigo entre miles, pero no podrías describir con palabras qué la hace reconocible. Andas en bici sin poder explicar las microcorrecciones que te mantienen en equilibrio. El cirujano sabe que algo anda mal antes de poder nombrar el síntoma. La partera lee un parto con las manos. El economista David Autor retomó la idea en 2014 y la bautizó la Paradoja de Polanyi, justo para explicar por qué hay tareas que las máquinas no logran automatizar: no se pueden escribir las reglas porque ni quien las domina las tiene en forma de reglas.
Ese es el muro contra el que choca el experto instantáneo. La IA aprende de lo que está escrito. Los influencers reempaquetan lo que está escrito. Pero lo escrito es la punta del iceberg. La parte sumergida, la que de verdad sostiene la pericia, nunca se transcribió, porque no se puede. Y si no se escribió, no hay nada que raspar. Pedirle a un modelo que reemplace a un experto de campo es como pedirle un mapa del fondo del mar a alguien que solo vio la superficie: te va a entregar algo, con seguridad y buen formato, pero le falta exactamente lo que importa.
No son diez mil horas mágicas
Conviene desarmar también el mito opuesto, el de que basta con acumular tiempo. La idea popular de las "diez mil horas" viene de la investigación del psicólogo Anders Ericsson, y él mismo pasó años aclarando que se entendió mal. Ericsson nunca dijo que diez mil horas de cualquier práctica produzcan maestría. Lo que encontró es que los grandes intérpretes habían acumulado más o menos esa cantidad de práctica deliberada, que es algo muy distinto: práctica con objetivos específicos, foco intenso, corrección inmediata de los errores y el hábito de empujar más allá de la zona de confort, sostenida durante años. Repetir por repetir produce lo que él llamaba la "meseta del más o menos": el punto en que algo se vuelve automático y la automatización mata la mejora. Por eso un taxista con veinte años al volante no es piloto de Fórmula 1. Acumuló horas, no práctica deliberada.
Lo interesante es que ambos límites, el tácito y el deliberado, apuntan a lo mismo. La pericia real exige tiempo, sí, pero tiempo cargado de error corregido, de riesgo asumido, de retroalimentación dolorosa. Cicatrices, en una palabra. Nada de eso se transfiere por descarga.
Dos lecturas, las dos con gente seria detrás
Sería deshonesto pintar esto como una sola historia. Hay una lectura que celebra la apertura, y tiene fuerza. Los títulos y las credenciales también excluyen, a veces protegen a gremios más que al público, y los expertos se equivocan, se capturan o se quedan anclados en marcos viejos. El acceso libre a la información ha permitido que pacientes cuestionen diagnósticos, que ciudadanos auditen a sus gobiernos, que muchísima gente aprenda lo que antes estaba tras un muro. Despreciar todo eso en nombre de la "autoridad" sería su propia forma de arrogancia.
La otra lectura advierte el costo, y también tiene fuerza. Si una sociedad deja de distinguir entre el que sabe y el que se ve seguro, empieza a premiar la visibilidad por encima de la competencia. Y esa factura no llega de inmediato; llega después, en un puente mal calculado, en un consejo de salud que daña, en una política pública diseñada por quien nunca entendió el problema, en quién termina tomando decisiones por todos. El conocimiento tácito que ignoramos no desaparece: simplemente deja de estar en la sala cuando más se necesita.
Lo que los datos insinúan
Hay un detalle en la evidencia que ordena el debate. Resulta que quienes más usan la IA son, según un estudio de 2025, los que más confían en los expertos humanos y en la colaboración entre humano y máquina, no menos. La familiaridad enseña los límites. Solo desde afuera la herramienta parece un oráculo; vista de cerca y a diario, queda claro que sintetiza lo conocido, no lo vivido, y que tropieza justo cuando el problema sale del territorio escrito. Saber usarla bien incluye, en buena medida, saber cuándo no creerle. Es la misma humildad del pescador que respeta el mar precisamente porque lo conoce.
La pregunta que los datos no contestan solos
Nada de esto es un alegato contra la IA ni una veneración de los títulos. Es una invitación a no confundir dos cosas que se parecen en la superficie y son opuestas en el fondo: el ruido seguro y la señal ganada. La una se produce en una tarde; la otra se cobra años y riesgos. Cuando algo de verdad importa, una decisión de salud, de dinero, del futuro de tu ciudad, ¿a quién le crees, y qué tan seguro estás de esa decisión? Esa distancia, entre lo que opinamos y qué tan convencidos estamos, es justo lo que un Pulse mide. No te pedimos un bando. Te pedimos tu opinión, ponderada por confianza, y te mostramos la del resto. Porque distinguir al experto del que solo lo parece quizá sea, hoy, la habilidad más necesaria de todas.
Fuentes
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