CIUDAD Y MOVILIDAD · 10 jun 2026

Tu colonia no fue invadida. Fue construida así (y el dato que la protesta no cargaba)

La gentrificación en la CDMX parece una historia de extranjeros contra locales. Los datos cuentan otra, y apuntan a qué sí podría arreglarla.

Francisco Blockstrand
Por Francisco BlockstrandEditorial

10 jun 2026

Quemaron una piñata en el Parque México

En julio de 2025, en el Foro Lindbergh del Parque México, un grupo de manifestantes quemó una piñata que representaba a un extranjero gentrificador. Las pancartas decían "aquí se habla español", "vivienda para habitar, no para invertir" y "tu Airbnb era mi casa". La consigna que dio la vuelta al mundo fue más cruda: "gringos, go home". Esta semana, mientras la ciudad recibe una ola de visitantes de corto plazo por el torneo de futbol más visto del planeta, que se concentra justo en esas mismas colonias, vale la pena cargar a la protesta un dato que casi nadie llevaba en la mano. Es un dato que viene de Barcelona, y complica la historia que todos creemos conocer.

Entre 2014 y 2023, la renta promedio en Barcelona subió alrededor de 70 por ciento. En el mismo periodo, el número de pisos turísticos creció apenas 2.2 por ciento, porque la ciudad ya había congelado las licencias nuevas y cerrado miles de listados ilegales. Si los Airbnb fueran el motor principal del encarecimiento, las rentas no se habrían disparado mientras los pisos turísticos se mantenían planos. Algo más grande estaba moviendo el precio. Esa pregunta, qué es ese algo más grande, es el verdadero tema de este texto, y la respuesta importa porque determina qué soluciones sirven y cuáles solo nos hacen sentir que hicimos algo.

Lo que está pasando realmente

Las plataformas no se reparten parejo: se concentran en un puñado de cuadras del centro

Empecemos por lo que sí es verdad, porque la indignación tiene razones. Vivir en el centro de la Ciudad de México es cada vez más caro. Según datos oficiales de la ciudad apoyados en el INEGI, alrededor del 23 por ciento de la vivienda ocupada en la capital es rentada, unos dos millones de hogares, y esa proporción crece conforme más jóvenes profesionistas eligen rentar en zonas centrales en lugar de comprar en la periferia. En colonias como Roma y Condesa, las rentas subieron entre 20 y 30 por ciento, muy por encima de la inflación. El precio promedio de una renta en la ciudad rondó los 21,000 pesos a finales de 2025. Y la presión de plataformas es real y concentrada: Inside Airbnb, un proyecto de datos que rastrea rentas de corto plazo en el mundo, cuenta cerca de 26,000 unidades activas en la CDMX, una cifra comparable a la de Barcelona o Nueva York pese a que los ingresos locales son mucho menores. En cuadras específicas, el efecto es brutal: departamentos que serían vivienda de largo plazo se convierten en hospedaje para quien paga en dólares.

A esa olla a presión, el torneo de esta semana le sube la flama. Decenas de miles de visitantes de corto plazo llegan a buscar exactamente las colonias más codiciadas, en el mismo momento en que los vecinos sienten que ya no caben. El gobierno de la ciudad respondió en julio de 2025 con un plan de 14 puntos que, entre otras medidas, topa los aumentos de renta a la tasa de inflación. La jefa de gobierno calificó algunas de las protestas como xenófobas, lo que abrió una segunda discusión, esta vez sobre el tono y no solo sobre la causa. Hasta aquí, la versión que casi todos comparten: hay un problema, tiene cara de extranjero con dólares, y la ciudad empezó a actuar. Es cierto, pero está incompleto, y lo incompleto es justo donde se decide si las soluciones funcionan.

De dónde viene esto, y de dónde vienen estas colonias

Conviene un poco de historia, porque desarma el primer reflejo. La palabra gentrification la acuñó la socióloga Ruth Glass en Londres en 1964, para describir cómo familias de clase media llegaban a barrios obreros del centro, renovaban las casas y, sin proponérselo del todo, expulsaban a los residentes originales por la vía del precio. Es decir: el fenómeno no nació con Airbnb ni con el trabajo remoto.

Es un patrón viejo del capitalismo urbano, y su nombre tiene sesenta años. Lo nuevo es la velocidad y los instrumentos, no la lógica.

Y ahora la parte incómoda para la consigna. Roma y Condesa, las colonias en el centro del "fuera extranjeros", fueron levantadas por extranjeros. La Condesa se urbanizó en los años veinte y treinta con un trazado y una arquitectura traídos de Europa, el Art Déco que hoy todos fotografían. A lo largo del siglo, la zona recibió comerciantes judíos de origen sirio y libanés, refugiados europeos que huían de la guerra, exiliados españoles, veteranos estadounidenses. La identidad de estos barrios siempre se construyó por capas de recién llegados. Esto no vuelve irrelevante el malestar actual, pero sí cambia la pregunta. El problema no puede ser, en abstracto, que llegue gente de fuera, porque estas colonias son literalmente eso. El problema es de otra naturaleza: qué pasa cuando la llegada de demanda con poder de compra se topa con una oferta de vivienda que no crece, y cuando una porción del parque habitacional se retira del mercado de largo plazo para servir al de corto. Ahí, y no en el pasaporte, está el mecanismo.

Esto importa porque define la solución. Si el problema es "los extranjeros", la respuesta emocional es expulsarlos. Si el problema es "oferta congelada más concentración de plataformas más inquilinos sin protección", entonces hay tres o cuatro palancas distintas, y elegir entre ellas es una decisión real, con datos a favor y en contra de cada una. Esa es la conversación que vale la pena tener, y es más difícil que quemar una piñata.

Dos lecturas, ambas con gente seria detrás

La primera lectura dice: controla la demanda. Si el dinero externo y las plataformas están inflando el precio, hay que ponerles límites. Topar las rentas a la inflación, como hizo la CDMX. Restringir o registrar las rentas de corto plazo. Proteger a los inquilinos actuales contra desalojos. Esta es la posición de buena parte del movimiento por la vivienda y de varios gobiernos de ciudad. En Barcelona, el alcalde Jaume Collboni anunció que para 2028 no se renovará ninguna licencia de piso turístico, más de 10,000 en total, y la Corte Constitucional de España avaló el plan en marzo de 2025, rechazando que viole el derecho de propiedad. La lógica es directa: la vivienda es un derecho, no un activo, y cuando el mercado la trata como activo, la autoridad debe intervenir.

La segunda lectura dice: amplía la oferta, o lo demás es analgésico. Sus defensores señalan precisamente el dato de Barcelona con el que abrimos. Si las rentas subieron 70 por ciento mientras los pisos turísticos casi no crecían, entonces el turismo no era la causa dominante, y prohibirlo no va a resolver el fondo. Un analista de PwC lo resumió así: Barcelona necesita más casas, no solo menos visitantes. En la CDMX el síntoma es el mismo: los registros de construcción nueva fueron bajos en 2025 y se concentraron en pocas alcaldías, de modo que el flujo de departamentos nuevos no alcanza para la gente que quiere vivir en el centro. Desde esta lectura, los topes de renta pueden ayudar a un inquilino hoy y, al mismo tiempo, desalentar la inversión y reducir la oferta mañana, empujando parte del mercado a la informalidad. No es una defensa del statu quo, es una advertencia sobre los efectos de segundo orden.

Lo honesto es que las dos lecturas son parcialmente ciertas a la vez. Las plataformas sí concentran presión en cuadras específicas, y un registro con reglas claras es razonable. Y la oferta sí es el cuello de botella estructural, y sin construir, ningún tope arregla el fondo. La pregunta no es cuál lectura es "la correcta", sino qué combinación prioriza una ciudad concreta, con su política, su presupuesto y sus valores. Y esa, por definición, no es una pregunta que los datos resuelvan solos. Es una pregunta de prioridades colectivas. Aquí es donde la historia da un giro inesperado.

El espejo de Barcelona, que también construyó la herramienta

Barcelona liberó Decidim como software abierto; hoy se usa en más de treinta países.

Barcelona aparece dos veces en este texto, y no por casualidad. Es el espejo del problema: la ciudad europea que más lejos llegó en restringir los pisos turísticos, con resultados que muestran lo difícil que es bajar las rentas solo por ese camino. Pero Barcelona es, además, la cuna de la respuesta que casi nadie conecta con la vivienda. En 2016, el ayuntamiento construyó una plataforma de software libre llamada Decidim, que en catalán significa "decidimos". Decidim permite a una comunidad proponer ideas, deliberarlas, votar prioridades y dar seguimiento a cómo se implementan las decisiones, con todo el proceso a la vista. En lugar de comprarle el sistema a una empresa, que podría cambiar sus términos o desaparecer, la ciudad lo liberó como código abierto para que cualquier comunidad lo use. Hoy se ocupa en más de treinta países.

No es un caso aislado. En Taiwán, a partir del movimiento Sunflower de 2014 y de la comunidad de tecnología cívica g0v, surgió vTaiwan, una plataforma que mapea los acuerdos dentro de la diversidad de opiniones, en vez de amplificar la pelea. Su arquitecta, Audrey Tang, que llegó a ser la primera ministra digital del país, lo describe con una idea que ella llama plurality: usar la tecnología para convertir el conflicto en colaboración, para pasar de la polarización a la pluralidad. vTaiwan ha procesado decenas de temas de política pública, varios con acción concreta del gobierno. La lección de Barcelona y de Taiwán es la misma, y es la pieza que le falta a la discusión mexicana sobre vivienda. Protestar expresa el malestar. Un tope de renta administra un síntoma. Pero ninguna de las dos cosas le dice a la ciudad, con precisión, qué prioriza realmente su gente entre opciones que compiten, ni con cuánta convicción. Esa señal, la del juicio colectivo bajo incertidumbre, es la materia prima de las mejores decisiones urbanas, y normalmente no existe.

Lo que un Pulse revelaría, y la pregunta abierta

Crowd Conscious nació para producir exactamente esa señal. No para sustituir a la protesta ni al gobierno, sino para hacer algo que ni la encuesta tradicional ni la marcha logran: medir no solo qué quiere la gente, sino con cuánta confianza, y dónde la convicción se separa de la popularidad. En el caso de la vivienda en la CDMX, casi todos coinciden en que el desplazamiento es injusto. El desacuerdo real, el que decide si el plan de 14 puntos funciona o no, está en la palanca. ¿La ciudad debería apostar por topes de renta, por límites a las rentas de corto plazo, por construir vivienda en zonas centrales, por blindar a los inquilinos actuales, o por llevar transporte y servicios a colonias emergentes para repartir la demanda? Son cinco teorías distintas del problema, no cinco maneras de decir lo mismo. Una mayoría puede inclinarse por una y, aun así, tenerle poca confianza; otra opción puede ser menos popular pero mucho más sólida en convicción. Esa distancia es justo lo que un instrumento ponderado por confianza ilumina y una encuesta normal aplasta.

No tenemos una respuesta confiada sobre cuál palanca es la correcta, y desconfía de quien diga que la tiene. Lo que sí sabemos es que las ciudades que avanzan no eligen entre prohibir, construir y deliberar: hacen las tres, y la tercera, decidir juntos con buena información, es la que en México apenas estamos empezando a construir. La piñata del Parque México expresó algo verdadero. La pregunta abierta es si esta ciudad va a convertir esa energía en una decisión, con datos y con tiempo, o si la va a dejar arder hasta la siguiente marcha. Si tu colonia siempre se construyó con capas de recién llegados, la única pregunta que de verdad importa es quién decide la siguiente capa, y con qué información. Esa decisión todavía está abierta. Para eso es un Pulse.

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