INSIGHT · 24 jul 2026

A México no lo gravaron por lo que fabrica. Lo gravaron por lo que deja entrar.

El nuevo arancel de 10%, la revisión del T-MEC que no se renovó y una puerta europea que se abrió la misma semana.

Francisco Blockstrand
Por Francisco BlockstrandEditorial

24 jul 2026

La semana del 21 de julio, en la Ciudad de México, los equipos técnicos de México y Estados Unidos se sentaron durante tres días a negociar el futuro del T-MEC. El jueves 23, Jamieson Greer desayunó con Marcelo Ebrard, fue a Palacio Nacional a ver a la presidenta Claudia Sheinbaum, y volvió para cerrar la tercera ronda. Ese mismo día, a más de tres mil kilómetros, su oficina publicó la decisión final de imponer aranceles a sesenta economías. México entre ellas. La medida entró en vigor a la medianoche siguiente.

No fue una emboscada; el proceso llevaba meses y todo el mundo sabía la fecha. Pero la coincidencia dice algo sobre el momento: México está negociando su relación comercial más importante mientras esa misma relación le cambia las reglas debajo de los pies, en tiempo real.

La tercera ronda terminó sin acuerdos concretos. Ambos gobiernos la calificaron de constructiva y reportaron avances en acero, aluminio y sus derivados, en cadenas regionales de valor y en la sustitución de importaciones asiáticas. La cuarta ronda será en Washington, en la primera quincena de septiembre. Mientras tanto, conviene entender con precisión qué fue lo que pasó, porque casi todo lo que se dijo en redes esta semana estuvo mal.

Qué es realmente este arancel

La medida es una acción bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio estadounidense de 1974. La USTR investigó a sesenta economías, que en conjunto representan el 99.4% de las importaciones de Estados Unidos, y determinó que todas ellas incurren en prácticas accionables por no imponer y no hacer cumplir de manera efectiva una prohibición a la importación de mercancías producidas con trabajo forzoso.

Lea esa frase otra vez, porque ahí está el malentendido que se repitió toda la semana. El arancel no se aplica a mercancías producidas con trabajo forzoso. Se aplica a economías que, según la determinación estadounidense, no están frenando en sus propias aduanas la entrada de mercancías de terceros países hechas con trabajo forzoso.

A México no lo gravaron por lo que fabrica. Lo gravaron por lo que deja entrar.

Lo que dejamos pasar

Esa distinción no es un tecnicismo. Cambia por completo quién tiene el problema, quién puede resolverlo y cómo. Si el reclamo fuera sobre las condiciones laborales en las plantas mexicanas, la respuesta correcta sería inspección, sindicalización, salarios y el mecanismo laboral de respuesta rápida que ya existe en el T-MEC. Pero el reclamo es sobre fiscalización de importaciones: qué llega a Manzanillo y a Lázaro Cárdenas desde Asia, y qué hace el Estado mexicano al respecto. Es un problema de aduana, de trazabilidad y de capacidad institucional. Y, como veremos, es un problema en el que la ciudadanía tiene una puerta legal abierta que casi nadie ha usado.

El grupo en el que quedó México

Circuló esta semana la idea de que México fue señalado aparte, en una categoría propia de países que tienen la ley pero no la aplican. Eso no es lo que dice el documento.

La USTR fijó 10% para las economías que cumplen alguna de tres condiciones: tienen una prohibición de importar mercancías con trabajo forzoso, se comprometieron a establecerla mediante un Acuerdo de Comercio Recíproco, o mantienen un régimen parcial que en los hechos impide la entrada de ciertas mercancías. En ese grupo, nombrado explícitamente, están Argentina, Bangladesh, Camboya, Canadá, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, India, Indonesia, Jordania, Malasia, México, Pakistán, Sri Lanka, Trinidad y Tobago y el Reino Unido. Para todas las demás economías investigadas, 12.5%. La Unión Europea, Japón, Corea, Taiwán y Suiza reciben 10% o 12.5% neto de la tasa de nación más favorecida sobre ciertos productos.

México está en la misma lista que Canadá y el Reino Unido. No en una categoría propia. Y el hallazgo de fiscalización insuficiente se hizo contra las sesenta economías, no contra México en particular. Vale la pena decirlo con claridad porque la versión distorsionada alimenta una narrativa de agravio que no ayuda a nadie a prepararse.

México está en el grupo de 10% precisamente porque sí tiene la ley. El 17 de febrero de 2023 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Acuerdo que establece las mercancías cuya importación está sujeta a regulación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social en materia de trabajo forzoso u obligatorio. Entró en vigor el 18 de mayo de ese año. Con él, México dio cumplimiento al artículo 23.6 del capítulo laboral del T-MEC, que obliga a las Partes a prohibir la importación de mercancías producidas total o parcialmente con trabajo forzoso. El instrumento existe. La discusión es sobre cuánto se ha usado.

La trampa está en el papeleo

Aquí viene la parte que a un exportador le importa más que toda la geopolítica junta.

Las mercancías que cumplen las reglas de origen del T-MEC están exentas de este arancel. La Secretaría de Economía calcula que eso cubre alrededor del 85% del volumen exportador mexicano hacia Estados Unidos. Los sectores ya sujetos a la Sección 232, como automóviles, acero y aluminio, quedan fuera de esta acción, aunque siguen enfrentando gravámenes que llegan al 50%. Y la mercancía que ya estaba cargada y en tránsito antes de las 12:01 a.m. del 24 de julio tiene hasta las 12:01 a.m. del 28 de julio para despacharse sin el arancel adicional.

Entonces, ¿sobre qué cae el 10%? Sobre dos cosas. Sobre la minoría de exportaciones que genuinamente no cumple reglas de origen. Y, más doloroso, sobre la mercancía que sí califica para la exención pero no acredita su origen T-MEC al momento de entrar.

La tasa de aprovechamiento del T-MEC en México llegó a 88.7% en 2025. Es una cifra buena. También significa que más de uno de cada diez envíos que podrían entrar sin arancel no lo hacen, por documentación, por certificados de origen incompletos, por proveedores que no pueden acreditar de dónde viene su insumo. Antes eso costaba tiempo. Ahora cuesta 10%.

Ebrard fue directo al respecto: lo que cambió es el fundamento jurídico bajo el cual se aplica un gravamen, no la posición comercial de México. Es cierto y es importante. Este arancel sustituye el sobrecargo temporal de 10% de la Sección 122 que expiró justamente el 24 de julio, el cual a su vez había sido un parche después de que la Suprema Corte estadounidense anulara los aranceles de emergencia previos. Para la mayoría de los exportadores esto es continuidad, no un golpe nuevo. Pero la continuidad de un costo de casi 23 mil millones de dólares anuales en aranceles no es exactamente una buena noticia, y la exención depende de un trámite que uno de cada diez envíos no está haciendo bien.

Cuando Crowd Conscious obtuvo la certificación Hecho en México de la Secretaría de Economía, aprendí algo que no esperaba de un trámite. Acreditar el origen de algo no es llenar un formato. Es reconstruir una cadena: quién hizo qué, dónde, con qué insumos, y poder demostrarlo. Somos una plataforma digital, el caso más sencillo imaginable, y aun así el ejercicio fue exigente. Pensé en los proveedores con los que trabajé años atrás, fabricando productos ecológicos de construcción con materiales mexicanos: talleres pequeños, buenos, honestos, que sabían perfectamente de dónde venía su materia prima pero no tenían el aparato administrativo para documentarlo en el formato que un aduanero extranjero necesita ver. Esa brecha no es de calidad ni de honestidad. Es de capacidad administrativa. Y esta semana esa brecha se volvió un impuesto.

El T-MEC no murió. Se volvió condicional

El otro hecho de julio es más estructural que el arancel.

El 1 de julio de 2026 se celebró la primera revisión conjunta obligatoria del T-MEC, prevista en el artículo 34.7. Los tres países se reunieron de forma virtual. México y Canadá confirmaron su apoyo a extender el acuerdo por dieciséis años más. Estados Unidos no aceptó renovarlo en su forma actual.

Conviene ser preciso sobre lo que eso significa y lo que no. El tratado no expiró ni caducó. Sigue plenamente vigente, con sus preferencias arancelarias, sus reglas de origen, sus protecciones a la inversión y su mecanismo de solución de controversias intactos, hasta el 1 de julio de 2036. Lo que no ocurrió fue la decisión opcional de extenderlo más allá de esa fecha. Al no ocurrir, se activó un mecanismo de revisiones anuales que correrá durante la próxima década.

La diferencia entre un tratado renovado y un tratado en revisión anual no se mide en aranceles. Se mide en horizontes de inversión. Una planta automotriz se amortiza en quince años. Un contrato de suministro serio se firma a cinco. Cuando el marco legal que sostiene esas decisiones se revisa cada doce meses, la incertidumbre deja de ser un riesgo de política y se convierte en una línea en el modelo financiero. Ese es el costo real, y no aparece en ninguna tarifa.

Los temas que están sobre la mesa en las rondas bilaterales son concretos: acero, aluminio y sus derivados, automóviles, seguridad económica, temas laborales, agricultura y servicios de pagos electrónicos. Observadores del sector privado señalan que dos asuntos concentran la fricción, Pemex y la relación con China, dentro de una lista de alrededor de quince pendientes. Y la sustitución de importaciones asiáticas apareció explícitamente entre los avances reportados en la tercera ronda, lo que conecta directamente con el arancel de trabajo forzoso: ambos apuntan a lo mismo, que es qué entra a América del Norte por la puerta mexicana.

La puerta europea se abrió la misma semana

La puerta a Europa

Mientras todo esto ocurría, algo distinto avanzaba en el otro sentido.

El 22 de mayo de 2026, en la Ciudad de México, México y la Unión Europea firmaron el Acuerdo Global Modernizado y el Acuerdo Interino sobre Comercio. El Parlamento Europeo dio su consentimiento el 8 de julio. El Consejo de la Unión Europea concluyó formalmente el Acuerdo Interino el 14 de julio.

La arquitectura tiene dos velocidades, y entenderla evita falsas expectativas. El Acuerdo Interino cubre las materias de competencia exclusiva de la Unión, como aranceles, reglas de origen y comercio digital. No requiere ratificación de los veintisiete parlamentos nacionales. Entrará en vigor el primer día del segundo mes posterior a que ambas partes se notifiquen la conclusión de sus procedimientos internos; se espera que México complete el suyo después del verano, y habrá un periodo de dos meses para que los operadores se preparen. El Acuerdo Global Modernizado, que además cubre el pilar político, protección de inversiones, compras públicas, derechos laborales y anticorrupción, sí requiere la ratificación de los veintisiete parlamentos nacionales y del Senado mexicano. Históricamente ese proceso toma años. Cuando entre en vigor, reemplazará al interino.

Lo que está en juego es real. En 2025 la Unión Europea fue el tercer socio comercial de México, con 86 mil 800 millones de euros en comercio de bienes. El acuerdo elimina gradualmente aranceles mexicanos que hoy llegan al 45% en productos como queso, cerdo y huevo, y hasta 20% en pasta, chocolate, manzanas y papas. Beneficia a más de 45 mil empresas europeas exportadoras, en su gran mayoría pequeñas y medianas. Y en sentido inverso, abre compras públicas europeas y protege indicaciones geográficas mexicanas.

Sería deshonesto vender esto como el reemplazo del mercado estadounidense. No lo es, ni de cerca: Estados Unidos absorbe la abrumadora mayoría de las exportaciones mexicanas, y ningún acuerdo cambia la geografía. Pero también sería miope no ver el contraste de lógicas. Una relación se volvió condicional y sujeta a revisión anual. La otra acaba de formalizarse con un horizonte largo y reglas escritas. Para una empresa mexicana que planea a cinco años, esa diferencia de temperamento institucional vale tanto como una tasa arancelaria.

Trabajé en gestión de programas internacionales desde Finlandia y Suecia, con equipos de más de cuarenta países. Lo que aprendí ahí sobre Europa no fue sobre comercio sino sobre ritmo: las cosas tardan una eternidad en aprobarse y después no cambian. Es exasperante si tienes prisa y es un lujo si estás construyendo algo que debe durar. Después, operando restaurantes y eventos en México, viví el ritmo opuesto: proveedores que cambian de precio en una semana, insumos que aparecen y desaparecen, decisiones que se toman el mismo día. México sabe moverse rápido. Lo que a veces le falta es la infraestructura aburrida que hace que lo rápido se sostenga: el papel, el registro, la trazabilidad. Este arancel es exactamente una factura por esa infraestructura faltante.

Qué se puede hacer, en cuatro capas

La respuesta útil no es una sola. Funciona por capas, y cada capa tiene un dueño distinto.

A nivel de empresa, lo urgente es el aprovechamiento. Si once de cada cien envíos que califican para la exención no la están reclamando, ahí hay una pérdida directa del 10% que no requiere ninguna negociación internacional para resolverse. Auditar certificados de origen, verificar que los proveedores puedan documentar la procedencia de sus insumos, revisar clasificación arancelaria y confirmar que el despacho aduanal está acreditando el T-MEC en cada entrada. Es trabajo administrativo poco glamoroso y es el retorno más alto disponible esta semana.

A nivel de cadena de suministro, lo estructural es la trazabilidad hacia arriba. La determinación estadounidense es sobre insumos de terceros países. Una empresa mexicana que no sabe de dónde viene el componente que compró a un intermediario ya no tiene solo un riesgo reputacional; tiene un riesgo arancelario. Para las empresas alemanas y europeas instaladas en México, esto es especialmente relevante, porque converge con la debida diligencia que la propia regulación europea ya les exige. Por primera vez, los dos marcos empujan en la misma dirección.

A nivel de Estado, lo que se está negociando ya está definido: acero, aluminio, automóviles, agricultura, pagos electrónicos, seguridad económica, y de fondo Pemex y China. La cuarta ronda es en septiembre en Washington. Y ratificar el acuerdo interino con Europa es una decisión que está en manos mexicanas y tiene fecha.

Y hay una cuarta capa que casi nadie menciona.

La puerta que ya está abierta

El Acuerdo de 2023 que implementa el artículo 23.6 del T-MEC no es solo una declaración. Es un procedimiento. La Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en coordinación con la Secretaría de Economía y la Secretaría de Hacienda, puede investigar mercancías importadas producidas total o parcialmente con trabajo forzoso y, de confirmarse, prohibir su entrada al territorio nacional. Existe una Guía pública para su instrumentación.

Y aquí está el detalle que cambia el juego: el procedimiento puede iniciarse de oficio por la STPS, o a solicitud de personas físicas o morales legalmente constituidas en México. Cualquier persona. Cualquier empresa. En 2026 se presentó el primer ejercicio ciudadano para activar ese mecanismo, respecto de importaciones vinculadas con China, y el caso llegó al Tribunal Federal de Justicia Administrativa.

Piense en lo que eso significa. La falla de fiscalización que esta semana le costó al país un arancel de 10% es una falla que la ciudadanía tiene legitimación legal para ayudar a corregir. No mediante protesta, sino mediante un procedimiento administrativo que ya existe y que casi nadie ha usado.

No es una solución mágica. Un procedimiento así requiere evidencia, no indignación; requiere debido proceso, y los tiempos institucionales son lentos. Nada de esto revierte un arancel que ya entró en vigor. Pero establece algo poco común en política comercial: un punto donde el conocimiento distribuido de una sociedad puede convertirse en acción del Estado.

Porque el problema de fondo es de información. Ningún gobierno puede ver por sí solo toda la cadena de suministro de una economía. Lo que llega a un puerto, quién lo distribuye, en qué condiciones se produjo tres eslabones más arriba, qué taller de la periferia sabe perfectamente de dónde viene el material que llegó ayer: eso está repartido entre miles de personas, empresas y comunidades. Es exactamente el tipo de conocimiento que existe en la sociedad y no en el archivo, y que solo aparece si alguien lo pregunta bien y lo pondera con honestidad.

Esa es la apuesta de una plataforma de inteligencia colectiva, y en este tema deja de ser abstracta. Un país que sabe lo que entra por sus puertos no necesita que otro país se lo señale con un arancel.

Lo que viene

En septiembre hay dos relojes. La cuarta ronda del T-MEC en Washington, con acero, autos, agricultura, pagos y energía sobre la mesa. Y la ratificación mexicana del acuerdo interino con Europa, que arranca un periodo de dos meses de preparación para los operadores.

México llega a ese mes con un tratado vigente pero condicional, con un arancel que en la práctica sustituye a otro que ya pagaba, con 85% de sus exportaciones aún entrando sin gravamen si acredita bien su origen, y con una segunda relación comercial madurando en el otro extremo del Atlántico. No es un panorama de catástrofe. Tampoco es uno cómodo. Es un panorama que premia la preparación administrativa y castiga la improvisación, que es una manera incómodamente justa de premiar y castigar.

La pregunta abierta es de prioridades, y no tiene respuesta obvia. Con recursos negociadores limitados y una cuarta ronda en septiembre, ¿qué debería defender México primero? Dinos abajo lo que piensas, y suma qué tan seguro estás en la versión ponderada por confianza dentro de la app

Fuentes

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