HISTORIA DE PULSE · 18 jun 2026
Durante 28 años, Princeton intentó probar que la mente mueve la materia. Esto encontraron.
Princeton midió durante 28 años si la intención humana puede alterar el azar. El efecto fue real en los números y diminuto en la práctica. Qué significa eso para la inteligencia colectiva.
18 jun 2026

Princeton intentó probar que la mente mueve la materia
En 1979, el decano de ingeniería de Princeton aceptó una pregunta extraña de un estudiante de licenciatura: ¿puede la mente humana, solo con la intención, alterar el comportamiento de una máquina? Sonaba a ciencia ficción. Robert Jahn era uno de los mayores expertos del mundo en propulsión de cohetes, no un cazador de fantasmas. Pero la pregunta le pareció lo bastante seria como para fundar un laboratorio y dedicarle, al final, 28 años, millones de ensayos y más de diez millones de dólares en donaciones privadas. Ese laboratorio fue el PEAR, y cerró sus puertas en febrero de 2007.

El experimento central era casi aburrido en su sencillez. Una máquina llamada generador de eventos aleatorios producía una corriente continua de unos y ceros, el equivalente electrónico de lanzar una moneda miles de veces por segundo, usando un proceso físico impredecible. A una persona se le pedía algo simple: sentarse frente a la máquina y, con la pura intención, tratar de empujar el resultado hacia más unos, o hacia más ceros, o de dejarlo en su punto neutro. Sin tocar nada. Solo querer.
Después de millones de intentos, el equipo de Jahn y de la directora del laboratorio, Brenda Dunne, reportó algo que mantuvo viva la controversia durante décadas. Había una desviación. Pequeñísima, pero estadísticamente distinta del azar: las personas parecían correr el resultado alrededor de 2 o 3 de cada 10,000.
Si eso es real, argumentaba Jahn, entonces el pensamiento puede dejar una huella en el mundo físico. Si no lo es, es ruido con buena prensa.
La idea saltó después del laboratorio al planeta entero. Uno de los investigadores de PEAR, Roger Nelson, lanzó el Proyecto de Conciencia Global: una red de generadores aleatorios repartida por el mundo, encendida las 24 horas, buscando si los grandes eventos que concentran la emoción humana coinciden con anomalías en el azar. El caso que volvió famoso al proyecto fue el funeral de la princesa Diana en 1997, donde los datos mostraron una desviación que ocurriría por azar apenas una vez de cada cien. Más tarde analizaron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Y ahí empezaron los problemas.
Porque cuando otros científicos revisaron esos mismos datos del 11 de septiembre, encontraron que el resultado dependía enteramente de dónde se decidía empezar y terminar la ventana de tiempo. Unos minutos antes o media hora después, y la anomalía desaparecía. Esa es la crítica que persigue a todo el campo: si tienes que elegir el momento exacto después de conocer el evento, ya no estás midiendo el azar, estás dibujando alrededor de él.
El veredicto más serio llegó en 2006, en una de las revistas de psicología más rigurosas del mundo. Tres investigadores reunieron 380 estudios sobre intención y generadores aleatorios. Sí encontraron un efecto general significativo, pero también dos detalles que lo desinflan. El efecto se hacía más pequeño mientras más grande era el estudio, lo contrario de lo que pasa con un fenómeno real, y los resultados eran tan dispares entre sí que una simulación mostró que todo el patrón podía explicarse por el sesgo de publicación: el viejo problema de que los experimentos que "funcionan" se publican y los que no, se quedan en un cajón. Su conclusión fue prudente: no probado. En 2018, un estudio preregistrado con más de doce mil participantes fue más lejos y encontró evidencia en contra del efecto.
Aquí está la parte que de verdad importa, y tiene que ver con la entropía. El propio Nelson describió la lógica de estas máquinas en esos términos: un generador aleatorio que funciona bien es pura entropía, no tiene estructura ni predicción posible. Un efecto mental genuino aparecería como lo contrario, una pequeña reducción de entropía, orden surgiendo dentro del ruido. Durante 28 años buscaron ese orden. Lo que hallaron fue demasiado tenue y demasiado frágil como para separarlo del azar y de los cajones llenos de experimentos fallidos.
Y sin embargo la pregunta de fondo, la de si una conciencia colectiva puede ser real y medible, tiene una respuesta clara que no necesita nada paranormal. La versión demostrable es casi mundana: junta suficientes juicios humanos independientes, pondéralos por la confianza con que se sostienen, y obtienes una señal mucho más fuerte y mucho más limpia que cualquier desviación que un generador aleatorio haya producido jamás. PEAR buscó la huella de la mente dentro de una caja de estática. La huella siempre estuvo en otro lado: en la agregación ordenada de lo que la gente realmente piensa. Esa es la diferencia entre buscar la conciencia en el ruido y construir una herramienta para escucharla directamente.
Así que después de 28 años, millones de ensayos y un debate que sigue abierto, la pregunta vuelve a ti, que es donde siempre estuvo.
Fuentes
- Psychological Bulletin (Bösch, Steinkamp & Boller, 2006) — Metaanálisis de intención humana y generadores aleatorios ·
- Frontiers in Psychology (2018) — Análisis bayesiano: evidencia en contra de la micro-psicoquinesis ·
- The New York Times (2007) — El cierre del laboratorio PEAR de Princeton
- NPR (2007) — PEAR cierra tras 28 años de investigación ·
- Global Consciousness Project, Princeton (noosphere) — Datos y metodología del proyecto
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