CULTURA CÍVICA · 16 jun 2026
¿Qué hace que una protesta funcione? Lo dice un siglo de datos, no la intuición
CDMX vive ~8 protestas al día. Pero la evidencia de 323 campañas dice que lo que decide el éxito no es el tamaño ni el ruido. Es otra cosa.
16 jun 2026

Ocho protestas al día. La pregunta no es si molestan.
En los primeros once meses de la actual administración, la Ciudad de México registró 2,761 movilizaciones sociales, un promedio cercano a ocho diarias. La mayoría de los capitalinos las vive como tráfico: un bloqueo en Reforma, un plantón frente a una secretaría, una marcha que parte de Tlatelolco. La reacción inmediata casi siempre es la misma molestia. Pero esa molestia es justamente el punto, y entenderlo cambia la pregunta. Lo interesante no es si una protesta incomoda. Es por qué la disrupción ha sido durante un siglo la herramienta más confiable para mover al poder, y por qué esa misma herramienta, pasado cierto umbral, termina volteando a la gente en contra de la causa que pretende ayudar.
La ciudad más manifestada
Los números de la CDMX son poco comunes en el mundo. De esas 2,761 movilizaciones, el 46% fueron concentraciones en vialidades secundarias, el 29% bloqueos y apenas el 8% marchas formales. Las demandas más frecuentes fueron laborales (23%) y permisos para comercio en vía pública (11%). Casi la mitad se dirigieron al ámbito federal. En paralelo, la Cámara de Comercio de la capital calcula que 2025 fue el año con más marchas de impacto económico en la historia reciente de la ciudad: contabilizó 27 marchas con afectaciones por alrededor de 428 millones de pesos, frente a una sola marcha y 21 millones el año anterior. Y en el episodio más violento del periodo, el 2 de octubre de 2025, alrededor de 300 personas encapuchadas dejaron 94 policías lesionados y comercios saqueados. La ciudad protege el derecho a manifestarse con protocolos y un Grupo de Diálogo, y aun así la pregunta de fondo sigue abierta: ¿cuánta disrupción debe tolerar una democracia?
El hombre que se convirtió en verbo

Para ver de dónde viene la idea de que incomodar es estrategia, conviene retroceder a Irlanda, 1880. Un administrador de tierras llamado Charles Boycott desalojaba campesinos en nombre de un terrateniente ausente. La Liga Agraria irlandesa decidió no atacarlo: decidió ignorarlo. Los trabajadores dejaron de trabajar sus campos, los comercios dejaron de venderle, el cartero dejó de entregarle. En cuestión de meses su apellido se había vuelto un verbo en varios idiomas. El primer gran "éxito" de protesta moderna no fue un discurso ni una pancarta: fue imponer deliberadamente un costo económico hasta que el poder cedió. La disrupción como palanca no es un exceso contemporáneo. Es el diseño original. En México ese derecho está inscrito en el Artículo 9 constitucional, pero el mecanismo que lo hace efectivo es el mismo de 1880: hacerse imposible de ignorar.
Dos lecturas serias
Aquí es donde la gente razonable se divide, y ambos lados tienen detrás a pensadores serios. La socióloga Frances Fox Piven sostiene desde hace décadas que la disrupción es el poder distintivo de quienes no tienen dinero ni acceso a los pasillos del poder: lo único que pueden retirar es su cooperación, y la incomodidad que generan es precisamente su palanca. Para Piven, los movimientos suelen perder fuerza cuando se dejan absorber por los canales educados de la política. Del otro lado, la politóloga Erica Chenoweth y la investigación sobre el "dilema del activista" apuntan a lo contrario: lo que convierte la protesta en cambio no es la intensidad de la disrupción, sino la disciplina. Las tácticas que el público percibe como dañinas hacia terceros erosionan la identificación que un movimiento necesita para crecer. No es un debate entre buenos y malos. Es un desacuerdo real sobre dónde está la línea entre la palanca legítima y el tiro por la culata.
Lo que dicen 323 campañas

La evidencia más citada viene de Chenoweth y Maria Stephan, que analizaron 323 campañas violentas y no violentas entre 1900 y 2006. El hallazgo central es contundente:
las campañas no violentas alcanzaron sus metas el 53% de las veces, frente al 26% de las violentas, casi el doble.
De ahí surgió la célebre "regla del 3.5%": ningún movimiento no violento que haya logrado movilizar a ese porcentaje de la población en su punto máximo fracasó en lograr su objetivo. El dato que casi nadie menciona es la advertencia de la propia Chenoweth: desde 2010 tanto la resistencia no violenta como la violenta vienen perdiendo eficacia, porque los gobiernos autoritarios aprendieron a adaptarse. La regla es real, pero su filo se está desgastando. A esto se suma el "dilema del activista", un estudio de seis experimentos de Feinberg, Willer y Kovacheff: las protestas percibidas como dañinas o demasiado disruptivas reducen el apoyo, incluso entre quienes simpatizaban con la causa, porque el público las codifica como inmorales y deja de identificarse con el movimiento. En su versión más cruda, encontraron un efecto de rebote: cierta gente terminó apoyando más al adversario. Los ejemplos internacionales dibujan el mismo patrón. Los agricultores de la India sostuvieron un bloqueo disciplinado durante casi un año y forzaron la derogación de las leyes agrícolas. Chile en 2019 llenó las calles a partir de una evasión masiva del metro y ganó un proceso constituyente, que después los votantes rechazaron en las urnas, recordatorio de que ganar la calle no es lo mismo que ganar el resultado. Y los chalecos amarillos en Francia, o las acciones que bloquean ambulancias y pegan manos a obras de arte, ilustran el otro extremo: cuando la disrupción golpea a terceros que nada tienen que ver, la causa pierde el aire.
Lo que una encuesta de confianza puede medir
Ningún dataset puede decirte dónde está tu línea personal. Puede rankear qué tácticas funcionaron históricamente, pero la pregunta de qué hace legítima a una protesta es un juicio de valor, y en una ciudad con ocho protestas al día ese juicio se ejerce todos los días en banquetas, locales y paradas de camión. ¿La causa justifica la incomodidad? ¿Solo si es pacífica? ¿Solo si presiona a quien decide y no a quien pasa por ahí? ¿Solo si trae demandas claras? ¿O la saturación misma vacía de sentido al derecho? Ahí no hay respuesta correcta de archivo. Lo revelador no es la opción ganadora, sino la forma de la distribución: qué tan repartidos estamos, y con cuánta convicción cada quien defiende su umbral. Esa es exactamente la pregunta que una opinión ponderada por confianza puede dibujar, y que el tráfico de mañana en Reforma no.

Fuentes
- Chenoweth & Stephan — Why Civil Resistance Works / regla del 3.5%
- Feinberg, Willer & Kovacheff — El dilema del activista (JPSP) ·
- Gobierno CDMX / SSC — 2,761 movilizaciones en 11 meses ·
- Canaco vía Proceso — Marchas de impacto económico 2025 ·
- Harvard Magazine — Perfil de Erica Chenoweth y la regla del 3.5% ·
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