CULTURA CÍVICA · 1 jul 2026
¿Y si sí? La pregunta que un millón de personas dejó a medias anoche
Llovió, el partido empezó tarde y nadie se fue. Anoche más de un millón de personas llenaron Reforma sin que nadie las convocara. Esta es la historia de esa tradición, y de la pregunta que deberíamos atrevernos a terminar.
1 jul 2026

Llovió anoche. El partido empezó una hora tarde. Y nadie se fue.
Eso es lo que hay que contar primero, antes que los goles: miles de personas paradas bajo la lluvia en Reforma, empapadas desde antes del silbatazo inicial, y a nadie se le ocurrió irse a su casa. Cuando por fin cayó el 2-0 y se acabó el partido, la ciudad hizo lo que lleva medio siglo haciendo sin que nadie se lo pida: caminó hacia el Ángel.
Yo personalmente vi el partido con amigos en un restaurante y la vivencia fue una verdadera locura.
Lo que pasó después ya lo viste, aunque no hayas salido. Más de un millón de personas en la calle, según la cifra oficial del gobierno de la ciudad. Espuma en el pelo de gente que no se conocía. Matracas. Señoras abrazando desconocidos. El "sí se pudo" coreado por gente que hace una semana juraba que este equipo no llegaba a nada. Un corredor de fiesta que iba del Ángel al Caballito y de ahí hasta el Monumento a la Revolución, con el metro escupiendo gente que ya no cabía en ningún lado.
Y en medio de todo eso, una pregunta de tres palabras que se escuchó toda la noche, en la glorieta, en los carros, en los grupos de WhatsApp:
¿Y si sí?
Nadie la termina. No hace falta. Todos sabemos qué significa: ¿y si sí llegamos? ¿Y si sí se puede? Es una pregunta que en este país casi da pena decir en voz alta, porque llevamos generaciones entrenados en el ya merito, en el no te hagas ilusiones, en el para qué. Y anoche un millón de personas la gritó al mismo tiempo, sin pena, bajo la lluvia.
Quiero tomarme esa pregunta en serio. Pero primero déjame contarte de dónde viene la costumbre de ir al Ángel, porque la historia es más bonita de lo que crees.
La caminata que nadie planeó
Nadie sabe el nombre de la primera persona que empezó a caminar.
Fue el 7 de junio de 1970. México era anfitrión del torneo por primera vez y la Selección acababa de meterle cuatro goles a El Salvador en el Azteca, el mejor resultado de su historia hasta ese día. Según los registros del INAH y del historiador Carlos Calderón Cardoso, al terminar el partido un grupo de aficionados salió del estadio y, en lugar de irse a casa, echó a andar. Por la ciudad. Hasta Reforma. Otros los vieron pasar y se sumaron, como se suma uno a las cosas buenas: sin preguntar mucho. Al caer la tarde había cientos de personas alrededor del monumento cantando el Himno.
Nadie firmó un decreto. Nadie fundó un comité. Una caminata de desconocidos inventó un ritual que ya cumplió 56 años y que hoy heredan los nietos de los que caminaron aquel día. Piensa en cuántas cosas en este país se han planeado con presupuesto, comités y logotipo, y no duraron ni un sexenio. Esto no lo planeó nadie y no se ha muerto nunca.

Y hay un detalle que casi nadie voltea a ver. La figura dorada de allá arriba no es un ángel. Es Niké, la diosa griega de la victoria. En una mano trae una corona de laurel. En la otra, una cadena rota.
O sea que este país lleva medio siglo juntándose, sin ponerse de acuerdo, exactamente debajo del símbolo de la victoria y de la libertad. No lo eligió nadie. Lo eligieron todos. A mí esa coincidencia me parece de las cosas más hermosas que tiene esta ciudad.
Lo que vio el mundo
Si tienes amigos extranjeros de visita estos días, ya sabes lo que dicen, con cara de no creerlo: esto no pasa en mi país. Y tienen razón. Hay países que han levantado más copas que nosotros. No hay ninguno que celebre así. Las tomas de dron de anoche le dieron la vuelta al mundo: un río de gente de kilómetros, bengalas, banderas, una avenida entera convertida en abrazo.
Eso no es folclor. Es un activo. Es la razón por la que el mundo quiere venir, quedarse, invertir. Cuando en nuestro primer Pulse preguntamos qué hace de México un gran anfitrión, ganó la hospitalidad con 41 por ciento de los votos. Anoche la hospitalidad se midió en kilómetros.
Pero hay otra lectura de la noche, y es la que me quita el sueño.
Un millón de personas es una infraestructura
Ponlo en frío un segundo. Para juntar cien mil personas, un concierto necesita meses de logística, permisos, patrocinadores y boletos carísimos. Anoche esta ciudad juntó diez veces eso en unas horas, y el único plan fue un marcador. Ningún gobierno puede ordenar eso. Ninguna marca puede comprarlo. Nosotros lo hacemos gratis, en chanclas y bajo la lluvia.
Eso tiene un nombre: capacidad instalada. Un millón de personas capaces de coordinarse solas es una infraestructura nacional, tan real como una presa o un aeropuerto. Y la encendemos completa por una sola cosa: un balón que cruza una línea.
La pregunta incómoda es obvia. ¿Qué pasaría si esa misma capacidad se encendiera, aunque fuera una décima parte, por las cosas que nos duelen entre semana?
No es una pregunta ingenua. La propia avenida lo sabe: Reforma y el Ángel son también el lugar donde este país marcha, exige y llora. La multitud ya conoce la dirección; lo único que cambia es el motivo. La energía colectiva mexicana nunca ha sido solo fiesta. Siempre ha sido también cívica.
Lo que nos costó anoche
Esto hay que decirlo despacio, porque también pasó y no se vale saltárselo. Mientras escribo esto, tres familias están velando a los suyos. Un hombre de 44 años, una muchacha de 19, una mujer de 48. Murieron por asfixia entre la multitud, en la colonia Juárez, en plena celebración. Salieron a festejar lo mismo que todos y no volvieron a su casa.
No es culpa de la gente que salió. El gobierno de la ciudad abrió decenas de sedes justamente para repartir a la multitud, y aun así la multitud rebasó todo. Eso es lo que hay que entender: la energía colectiva de este país es más grande que las herramientas que tenemos para escucharla, anticiparla y cuidarla. Esa brecha entre nuestra energía y nuestra inteligencia colectiva no es una idea abstracta. Anoche costó tres vidas. Aprender a coordinarnos mejor no es un lujo tecnológico; es una deuda con esas tres familias.
¿Y si sí?
Vuelvo a la pregunta de la noche, la que un millón de personas dejó a medias.
¿Y si sí? es el momento exacto en que el cinismo se agrieta. Dura poco. Es frágil. Y es lo más valioso que produjo anoche esta ciudad, más que cualquier gol.
Entonces terminémosla de otras formas. ¿Y si sí pudiéramos ponernos de acuerdo sobre la seguridad con la misma velocidad con la que llenamos Reforma? ¿Y si sí pudiéramos saber qué piensa un millón de personas, qué les duele y de qué están seguras, no cada tres años en una urna, sino cada semana? ¿Y si sí existiera una herramienta para que la inteligencia de la multitud valiera tanto como su energía?
En ese primer Pulse nuestro pasó algo que ninguna encuesta tradicional habría visto. La seguridad quedó en tercer lugar por votos, pero fue donde la gente mostró la convicción más alta de toda la votación: 8.7 de confianza sobre 10. La gente que votó seguridad no estaba adivinando. Estaba segura. Ese dato, el de qué tan seguros estamos y no solo qué votamos, es información que la multitud ya tiene y que nadie está recogiendo.

La cadena rota en la mano de Niké significa que la libertad ya se ganó una vez. La corona de laurel significa que la victoria se puede volver a ganar. Entre las dos hay una pregunta de 56 años esperando a que alguien la termine.
¿Y si sí?
Tu turno
Esta semana el Pulse pregunta: ¿qué te sacaría a ti a Reforma, aparte del futbol? Vota, di qué tan seguro estás y cuéntanos por qué. En una semana publicamos lo que la CDMX realmente piensa, con el dato que solo nosotros medimos: no solo qué ganó, sino de qué estamos más seguros. Y los mejores porqués se convierten en el siguiente Pulse.
Fuentes
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